El culto a la personalidad es inherente al totalitarismo. Se le asignan virtudes casi sobrenaturales al dictador porque es una forma de presentar su poder ilimitado, sus salvajadas contra la población indefensa como algo bueno y como un sacrificio. El agresor entonces no es agresor sino defensor desde las alturas de la iluminación de simples mortales que a veces son tan poca cosa que no entienden sus grandes motivos. Por supuesto el culto a la personalidad responde a un espíritu anti liberal, pero tampoco se ajusta al marxismo como doctrina, aunque cada vez que se lo quiso llevar a la práctica se lo alimentó convirtiendo en semi dioses a los gobernantes.

Castro es eso. Un burdo residuo de los grandes totalitarismos del siglo XX, sobreviviente gracias a la inusitada suba del precio del petróleo que convirtió a Venezuela en su nueva Unión Soviética. Lo que está ocurriendo hoy, con el presidente del parlamento Ricardo Alarcón hablando de las virtudes de prohombre de Fidel (debemos, dijo Alarcón “empinarnos para estar a la altura de este joven de 80 años que, convaleciente de una operación complicada, todavía se toma el empeño de adoptar las medidas para asegurar que seamos capaces de enfrentar cualquier agresión”), jóvenes militantes universitarios (para llegar a la universidad en Cuba se debe contar con un certificado de corrección ideológica, esto quiere decir, de lealtad ciega al partido comunista), la policía política representada por los CDR, que hacen grandes manifestaciones de amor al déspota, se inscribe en ese modelo político sustentado en la atribución de sobre naturalidad a un individuo.

Pero al contrario de lo que pareciera sugerir la información de estos días, todo esto es rutina y no tiene que ver con la enfermedad de Fidel Castro. Tampoco la paranoia respecto a posibles invasiones con la que se pretende fundamentar la política interna. Todo eso es cosa de todos los días en la Isla desde hace 47 años, dónde se inunda a la población de propaganda y temores en la televisión, en las radios y hasta en las rutas donde hay grandes carteles a cada kilómetro advirtiendo sobre que Estados Unidos les hace cosas horribles. Cuba vive de los Estados Unidos, porque gran parte de sus ingresos llegan como subsidios de los cubanos en Miami hacia los que permanecen en su país. Nunca fue Cuba tan dependiente de los Estados Unidos como durante el tiempo que lleva el comunismo rigiéndolo todo. Hasta el gobierno depende de Estados Unidos, en este caso como fantasma malo al cual recurrir a la hora de asustar a la población.

Cuando cayó el muro de Berlín, que muchos desprevenidos interpretaron como el fin del comunismo y una era de democracia y civilización, Castro pasó un período en el cual se transformó de temible en patético. Utilizaba su uniforme guerrillero pero quedaba tan absurdo en los nuevos tiempos que comenzó a usar un tradicional y muy occidental traje con corbata. Fue la época del Castro que trababa de pasar desapercibido a ver si nadie se daba cuenta de que él seguía con su pequeño kiosco totalitario en marcha.

Veinte años de trabajo incansable de la Fundación Ford en Latinoamérica, los movimientos “antiglobalización” más la apariencia de debilidad que dieron los Estados Unidos a partir del 11 de septiembre de 2001, generaron un vuelco en Latinoamérica y una vuelta a la izquierda más boba posible, despojada de doctrinas, proyectos y utopías, sólo unida por un sentimiento e intereses anticapitalistas. Chávez, Kirchner y Evo Morales mediante, Castro volvió a lucir su viejo uniforme guerrillero para terminar de sellar la vuelta de una decadencia extrañada por muchos.

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  1. Muy bueno. Creo que uno de los grandes misterios de nuestra época es la cantidad de apologistas que tiene el régimen castrista de Cuba en el resto del mundo.

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